jueves, 21 de diciembre de 2006

Los Heraldos Negros

LOS HERALDOS NEGROS

Hay golpes en la vida, tan fuertes... Yo no sé.
Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,
la resaca de todo lo sufrido
se empozara en el alma... Yo no sé.

Son pocos; pero son... Abren zanjas oscuras
en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte.
Serán tal vez los potros de bárbaros atilas;
o los heraldos negros que nos manda la Muerte.

Son las caídas hondas de los Cristos del alma,
de alguna fe adorable que el Destino blasfema.
Esos golpes sangrientos son las crepitaciones
de algún pan que en la puerta del horno se nos quema.

Y el hombre... Pobre... pobre! Vuelve los ojos, como
cuando por sobre el hombro nos llama una palmada;
vuelve los ojos locos, y todo lo vivido
se empoza, como un charco de culpa, en la mirada.

Hay golpes en la vida, tan fuertes ... Yo no sé!


César Vallejo, Los Heraldos negros ( 1918)

viernes, 15 de diciembre de 2006

Nek

Cortesía de Alejandro Morandini, artista en paintbrush

jueves, 14 de diciembre de 2006

Semblanzas: Baltiérrez

De Baltiérrez lo único fundamental por decir es que lo conocí únicamente a través de los cuentos. El tipo cultivaba esta clase de amor por la prosodia y se generaba historias como quien se agrega accesorios excéntricos; a decir verdad, generaba esto en la gente, y no es poco admitir que quienes lo actualizaban constantemente en sus comentarios lo hacían con un afán muy parecido a la sana envidia, decididos a ensalzar sus hazañas crepusculares con algún aderezo a conveniencia. Las mujeres académicas (y otras no tanto) padecían los linderos de su retórica adivinándole un linaje especial ligado a algún elemento fantástico de género, y dibujaban en él imágenes que sus fantasías pedían a gritos. Era evidente que Baltiérrez sabía leer a la gente, y les preparaba siempre una audición con repertorios de matices varios, encarnada con el más severo escepticismo de que la nadería de tanta atención resultaba en escalas proporcionales de simpatías y rechazos. No parecía importarle.

Le veía yo marchitar aulas y profesores, con la oscura sospecha de que ése tipo andaba malgastando tiempos ajenos con soberbia y eficacia, y no pude no sonreírle a mi suerte cuando un azar de lo más cotidiano me ubicó en los asientos de un mismo auto, que nos llevara a ambos a respectivos destinos: éramos beneficiarios de amistades cruzadas que se disponían a gentilezas de estas características. Insoportablemente, se puso a derrapar en una competencia de idiomas en las que se enarbolaba su precario francés, mi sólido italiano, y el concurrido inglés de las chicas que no tardó en quedar de música de fondo. Las lenguas romances conservan aún en ciertos registros una superioridad más visual que sonora ante lo sajón del inglés; las chicas del auto habían recibido del secundario británico un idioma científico y meramente comunicativo, y no estaban dispuestas a someterlo al capricho estético de una batalla absurda.
Como fuere, Baltiérrez empezó a desplegar su maquiavélico show, como tantas otras veces había hecho en aulas y pasillos, acertando en los tonos vulgares de la elocuencia, y yo no pude hacer más que desprender un cinismo a la altura de la representación. Mi italiano y su francés, mi Dante y su Moliére, enfrentados sin reparos en una contienda que lentamente dejó de ser de territorios y volvióse un juego expresivo: no pasó mucho tiempo hasta que pudiéramos reírnos juntos de nosotros mismos, a la vista de nuestras imperfecciones esnob y nuestra necesidad de miradas aprobatorias. Aprendí entonces a recibir su voluntad de impacto como una máscara que me era del todo familiar, y tuve que celebrar el pasmoso encuentro. Algo había en las gesticulaciones de este arlequín refinado, un cierto gusto por la jactancia de sí mismo, una exacerbación de la ironía referida sobre todo a su persona y sus actos; adiviné sus gestos entrecortados entre las tantas poses, entendí su modo descarado de fumar cigarrillos y dibujar ideas verborrágicas que trasladaban lateralmente el sentido, con la agilidad de un tenista. Baltiérrez devolvía la bola sobre la red con una actitud que hacía del enciclopedismo una fuente de velocidad rítmica, un cántico in crescendo, algo que uno busca incansable en clases académicas y que las bibliografías obligatorias nunca dan.

No exagero si arriesgo que Baltiérrez consiguió en la noche de ese auto una trinidad interesante: un gran amigo, un gran amor, una gran discordia, todas referidas a distintos personajes que, eventualmente, miraban por la ventanilla el desfile desparejo de luces y noche, en avenidas que de tan transitadas se convertían en inexistentes.
Reiteradas veces volvimos a encontrarnos, repitiendo un rito que hoy por hoy se renueva con cada girón biográfico que nos cruza. Noches enteras calibrando salidas que inevitablemente terminarían en contemplar la avenida desde el balcón, arrimando nostalgias que traerían ideas reconfortantes y fastuosas. Entonces aparecían las tipografías exóticas de una búsqueda que nos aunaba, el desarrollo de una identidad última que ambos añejábamos para saborear en merecidas situaciones. Volveríamos inevitablemente a hablar de ellas en varios registros, a ventilar fantasmas y orquestar problemas imposibles. Compartiríamos entonces un escocés, y Baltiérrez soltaría, infantil y jovial, algún comentario sobre mi destreza para liar, o mi gesto aristocrático de fumar únicamente marihuana de calidad; recitaría sin reparos a Dylan Thomas en un tosco acento apurado por la expresión casi política, mientras yo le serviría algún endecasílabo de Leopardi, o alguna consideración sobre la prosa lírica de Pessoa. Durante ese tiempo muchas fueron nuestras similitudes, y sospecho que compartíamos también una insatisfacción perfeccionable, un deseo de soltura para romper con ciertos patrones viciosos que ostentaban darnos un fin poco memorable. De su generosa mano recibí sutilezas de César Vallejo, una consecuente redefinición de la historia y la política nacional, y la obra absoluta de Onetti, empalmada en uno de los tres poemas que escribiera el uruguayo en su vida. Era cuestión de llegar abatido a lo de Baltiérrez, cargando el mohín de la desesperación, el trago amargo de la realidad, para recibir de su buena voluntad y de su cinismo un proverbial “Vivir es un acto impuro” que citaba él siempre directamente del “idealismo alemán”.

Conocí a Baltiérrez en los cuentos, pero sobre todo a través de los cuentos, y la imposibilidad de llegar hasta donde el lenguaje debiera hace que la semblanza que lo define tome la forma dramática de la ficción. Quienes le vieron andar, quienes le vieron irse, quienes leyeron sus cuentos de oídas, jamás van entender de qué estoy hablando.

miércoles, 13 de diciembre de 2006

Feliz Santa

LUCIAAA!!!!!!!

martes, 12 de diciembre de 2006

Enciclopedea

Ars longa vita brevis

De Wikipedia, la enciclopedia "libre"


"Ars longa vita brevis es una cita de Hipócrates que significa "el arte es largo, la vida, breve". Se resalta con ella que toda la vida de un hombre no llega para poder alcanzar la perfección en un arte."

para los más curiosos, pueden consultar la segunda acepción:

http://es.wikipedia.org/wiki/Ars_longa_vita_brevis

Ahi Vamos.....

En principio, una necesidad de espacio, un dilatarse allá mismo donde todo se expande: lo virtual acomoda a los intereses de cualquier persona que ame los esfuerzos mínimos, o las máximas improvisaciones. En austero estado psicológico, recrear el mito de que si nacemos para el olvido, si entonces tomamos parte sincera de este proceso, escribir voraz y publicar pirata resulta menos pecaminoso y rígido de lo que solíamos imaginar a la luz tenue de los retratos en contratapas.

Te amargabas, Pirandello, en esto de que el arte encadene a la vida en formas sin movimiento, en firmeza precaria. Y hay quien entendía que escribías por placer!. Accidenti!! dirían otros más astutos, con sardónica intuición. Se te escapaba, mi buen, una relectura amateur de aquel viejo mote hipocrático: "el arte es largo, la vida breve" para centrarte a la idea hóspita de que habías tomado el hemistiquio equivocado, l'avevi pure trascurato, y te ensalsabas así en el oro fúnebre del reconocimiento intelectual.

Si Onetti entendió que en su distorsión literaria angustiosa, en su desmedido talento de narrar mintiendo hasta el punto justo, desafinando levemente el foco, no quedaba para Santa María nada más que La vida breve, es sin dudas porque la elección pudo costarle, y pareciera haberle costado, mucho más de lo que suponemos; la toma de postura, el avatar del escritor, el peso de la realidad...

Ahh, escribir para el olvido, como si no importara....... alguna vez alguien habló de escribir para el olvido, y entonces tuvo miedo, entonces se dió cuenta de la contradicción lógica, a la vista de inalterables caracteres del alfabeto, de su orden precario, su pretensión de sentido....

Suponiendo sin embargo que sea el arte largo, por principio de la forma, por exaltación de la idea, o por mero anacronismo; sea incluso el arte un residual depositario de las muchas intenciones sistemáticas que adquiere el Ego con el envíon de las hormonas....

escribir como si se olvidara, como para el sueño, escribir para el olvido..