martes, 2 de enero de 2007

Tucumán

Eventualmente uno termina despoblado en una zona que se le antoja familiar. Mientras algunos descansan kilómetros y humedad con soberbia horizontal, la decisión de girar un poco la noche en San Miguel (y perderse) se descubre algo pretensiosa. Quiero, con esto, decir las calles angostas y los edificios ridículos, graves, masticados por un tiempo que trajo todas las fachadas del olvido. Decir la semejanza que hiere a Buenos Aires , tan definida desde interiores conocidos, desde sus límites urbanos y salientes. Sin embargo no queda más que un silencio pasmoso, absurdo, anticipando funerales de muertos constantes, ya ausentes al rito, a la forma de súplica, ya libres de pecados y sin dirimirse bajo ningún vaivén de los extremos, librados al hastío como por una suerte mayor que los define.
Parece imposible, irónico, que el norte sea desde acá mucho más lejano que desde la ciudad de la que partimos, inevitablemente. Nada emula el Tucumán aquel que narran los mitos, ya un poco fúnebres, y todo se empecina en afirmar el letargo indefinido de que todo eventualmente puede morir sin gracia, sin contornos, plegarse ante la gravedad y dar la cuesta al día.
Pero también puede uno perderse, a la noche y a la tarde, con o sin Belén para intentar descifrar las plazas infinitas que puede encerrar la Plaza de la Independencia, por lo demás la única que merece nombre. (Belén adquiere una levedad ritmica, más parecida al desapego que a la alegría, y escondemos de los ojos azules del parque una cerveza, con el afán de persisitir en el intento de entender donde está el pecebre ilógico, o los símbolos patrios que debieran llevar al hostal). Y todo, cabe decirse, bien entraría en la simetría anarquista de un sueño, con la misma lentitud borrosa e incomprensible.
Cuando todos duermen y se reinventa el tono ridículo de la individalidad, el orgullo patético de caminar calles para desentrañar soledades nuevas, y reinventar melancolías que ebullen del tono local, encuentra que alguien plantó acá la semilla de un hogar que en principio queríamos jugar a olvidar, y las ocurrencias porteñas que se tornaban agobiantes, vuelven con la misma humedad y el mismo silencio de nada decir. Entonces uno puede obtener la gracia mayor de las cosas, sin intermediarios, de la madera obtusa de la cama, de la sensación de encierro, de la mirada sospechosa de José vigilando la noche y el hostal, del cuarto de gente infinitamente conocida. Y de esta forma, basta con decir "hasta luego" y tratar de dormir sin sueño una tristeza ajena, de capitales nocturnas cansadas por tanto sostenerse para la vanidad del tiempo. Volverse hacia el viaje que descansa por sobre el presente y se arrima leve, con la desesperación de una tortuga volcada, hacia Tafí del Valle.