De Baltiérrez lo único fundamental por decir es que lo conocí únicamente a través de los cuentos. El tipo cultivaba esta clase de amor por la prosodia y se generaba historias como quien se agrega accesorios excéntricos; a decir verdad, generaba esto en la gente, y no es poco admitir que quienes lo actualizaban constantemente en sus comentarios lo hacían con un afán muy parecido a la sana envidia, decididos a ensalzar sus hazañas crepusculares con algún aderezo a conveniencia. Las mujeres académicas (y otras no tanto) padecían los linderos de su retórica adivinándole un linaje especial ligado a algún elemento fantástico de género, y dibujaban en él imágenes que sus fantasías pedían a gritos. Era evidente que Baltiérrez sabía leer a la gente, y les preparaba siempre una audición con repertorios de matices varios, encarnada con el más severo escepticismo de que la nadería de tanta atención resultaba en escalas proporcionales de simpatías y rechazos. No parecía importarle.
Le veía yo marchitar aulas y profesores, con la oscura sospecha de que ése tipo andaba malgastando tiempos ajenos con soberbia y eficacia, y no pude no sonreírle a mi suerte cuando un azar de lo más cotidiano me ubicó en los asientos de un mismo auto, que nos llevara a ambos a respectivos destinos: éramos beneficiarios de amistades cruzadas que se disponían a gentilezas de estas características. Insoportablemente, se puso a derrapar en una competencia de idiomas en las que se enarbolaba su precario francés, mi sólido italiano, y el concurrido inglés de las chicas que no tardó en quedar de música de fondo. Las lenguas romances conservan aún en ciertos registros una superioridad más visual que sonora ante lo sajón del inglés; las chicas del auto habían recibido del secundario británico un idioma científico y meramente comunicativo, y no estaban dispuestas a someterlo al capricho estético de una batalla absurda.
Como fuere, Baltiérrez empezó a desplegar su maquiavélico show, como tantas otras veces había hecho en aulas y pasillos, acertando en los tonos vulgares de la elocuencia, y yo no pude hacer más que desprender un cinismo a la altura de la representación. Mi italiano y su francés, mi Dante y su Moliére, enfrentados sin reparos en una contienda que lentamente dejó de ser de territorios y volvióse un juego expresivo: no pasó mucho tiempo hasta que pudiéramos reírnos juntos de nosotros mismos, a la vista de nuestras imperfecciones esnob y nuestra necesidad de miradas aprobatorias. Aprendí entonces a recibir su voluntad de impacto como una máscara que me era del todo familiar, y tuve que celebrar el pasmoso encuentro. Algo había en las gesticulaciones de este arlequín refinado, un cierto gusto por la jactancia de sí mismo, una exacerbación de la ironía referida sobre todo a su persona y sus actos; adiviné sus gestos entrecortados entre las tantas poses, entendí su modo descarado de fumar cigarrillos y dibujar ideas verborrágicas que trasladaban lateralmente el sentido, con la agilidad de un tenista. Baltiérrez devolvía la bola sobre la red con una actitud que hacía del enciclopedismo una fuente de velocidad rítmica, un cántico in crescendo, algo que uno busca incansable en clases académicas y que las bibliografías obligatorias nunca dan.
No exagero si arriesgo que Baltiérrez consiguió en la noche de ese auto una trinidad interesante: un gran amigo, un gran amor, una gran discordia, todas referidas a distintos personajes que, eventualmente, miraban por la ventanilla el desfile desparejo de luces y noche, en avenidas que de tan transitadas se convertían en inexistentes.
Reiteradas veces volvimos a encontrarnos, repitiendo un rito que hoy por hoy se renueva con cada girón biográfico que nos cruza. Noches enteras calibrando salidas que inevitablemente terminarían en contemplar la avenida desde el balcón, arrimando nostalgias que traerían ideas reconfortantes y fastuosas. Entonces aparecían las tipografías exóticas de una búsqueda que nos aunaba, el desarrollo de una identidad última que ambos añejábamos para saborear en merecidas situaciones. Volveríamos inevitablemente a hablar de ellas en varios registros, a ventilar fantasmas y orquestar problemas imposibles. Compartiríamos entonces un escocés, y Baltiérrez soltaría, infantil y jovial, algún comentario sobre mi destreza para liar, o mi gesto aristocrático de fumar únicamente marihuana de calidad; recitaría sin reparos a Dylan Thomas en un tosco acento apurado por la expresión casi política, mientras yo le serviría algún endecasílabo de Leopardi, o alguna consideración sobre la prosa lírica de Pessoa. Durante ese tiempo muchas fueron nuestras similitudes, y sospecho que compartíamos también una insatisfacción perfeccionable, un deseo de soltura para romper con ciertos patrones viciosos que ostentaban darnos un fin poco memorable. De su generosa mano recibí sutilezas de César Vallejo, una consecuente redefinición de la historia y la política nacional, y la obra absoluta de Onetti, empalmada en uno de los tres poemas que escribiera el uruguayo en su vida. Era cuestión de llegar abatido a lo de Baltiérrez, cargando el mohín de la desesperación, el trago amargo de la realidad, para recibir de su buena voluntad y de su cinismo un proverbial “Vivir es un acto impuro” que citaba él siempre directamente del “idealismo alemán”.
Conocí a Baltiérrez en los cuentos, pero sobre todo a través de los cuentos, y la imposibilidad de llegar hasta donde el lenguaje debiera hace que la semblanza que lo define tome la forma dramática de la ficción. Quienes le vieron andar, quienes le vieron irse, quienes leyeron sus cuentos de oídas, jamás van entender de qué estoy hablando.
2 comentarios:
Para mí que Baltiérrez se llama en realidad Baltasar Gutierrez. Aunque pensandolo bien, el apellido Gutiérrez me suena muy criollo para un sujeto europeizante como Baltiérrez. Ahora si se llamara Pierre, ya no me la creería. Creo que Julio Argentino Daneri podría ser una buena opción.
Puede que tengas razón, pero sospecho la obviedad de que acaso no sea culpa de Baltiérrez, sino del narrador, que bien podría llamarse Daneri. Él es el cerdo pomposo y vagamente intelectual que contamina el texto. De más esta decir que lo detesto seriamente
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